LEER JUNTOS

Actividad solitaria por excelencia, la lectura debe, en un principio, ser compartida para existir plenamente. Entre el autor y el lector, hay intermediarios imprescindibles: editores, libreros, bibliotecarios, críticos y, en el caso de la literatura infantil, maestros y, muy especialmente, los padres.

La lectura abre al lector las puertas del mundo, más aún, de diversos mundos, tanto reales como imaginarios. Compartir los pequeños y grandes placeres de la lectura con el niño que aún no sabe leer n que está aprendiendo es un medio para lograr valiosos beneficios inmediatos y mediatos: favorecer su desarrollo como persona, acercarlo al mondo del saber, desarrollar su fantasía, establecer una base sólida para el aprendizaje de la lectura, estructurar su mente…, por citar algunos.

¡Y disfrutar, siempre!

Leer antes de aprender a leer

Todos los estudios lo demuestran, los niños que han entrado pronto en contacto con la lectura aprenden a leer más deprisa y ron mayo, facilidad. Y no se debe a que hayan aprendido a leer antes, en casa con sus padres. Lo importante no es que dominen el código de la letra escrita, sino que tengan el deseo de hacerse con los tesoros que la lectura contiene. Y cuanto más variadas sean las lecturas compartidas (cuentos, historietas protagonizadas por personajes fijos, poesías, informaciones sobre naturaleza o ciencia, etc.), mejor comprenderán que la lectura, más que un código secreto, es una llave maestra que abre todo.

Mil y una situaciones

Hay muchas circunstancias que se pueden aprovechar para compartir una buena lectura: en el coche, camino de casa, escuchando una casete con uno o varios cuentos: en la sala de espera del pediatra, donde un cuento puede hacer olvidar el miedo a la vacuna… Pero si hay un momento realmente estelar para esa lectura compartida es, sin duda, en la cama, cuando el niño se va a dormir.

Crear ambiente

El cuento de la noche merece tener un ceremonial propio. Para empezar, necesita un tiempo exclusivo, dedicado sólo a disfrutar juntos de la lectura, sin interrupciones. Además, ambos, adulto y niño, tienen que sentirse cómodos: sentados o tumbados, siempre cerca para que contemplar las imágenes sin dificultad y para intercambiar ternura. ¿Qué leer? La elección puede hacerla el niño, aunque también es bueno que se le presente alguna propuesta, sin olvidar que puede tener el mismo valor una historia con un profundo mensaje que otra más ligera que lo ayude a evadirse y a sonar con otros mundos.

En la lectura, el adulto no solo presta su voz, sino que debe sacar el actor que lleva dentro para dar emoción y fuerza al relato. Y, siempre, leerlo de principio a fin. Con un niño de 4, 5 ó 6 años, no vale el “Continuará…”: cuando entra en la historia, necesita saber cómo acaba para encontrar un sentido al conjunto y para disipar la inquietud que las peripecias de la trama hayan podido suscitar.

Si al final el niño quiere hacer algún comentario, hay que escuchar su reflexión sobre lo que acaba de escuchar. Pero el comentario debe ser espontáneo, no se puede forzar. No siempre hay algo que añadir al “Colorín colorado…”: la lectura es una actividad grandiosa, suficiente por ella misma.