LOS PADRES Y EL DESARROLLO DEL EQUILIBRIO AFECTIVO EN LOS ADOLESCENTES

LOS PADRES Y EL DESARROLLO DEL EQUILIBRIO AFECTIVO EN LOS ADOLESCENTES

Escolástica Macías Gómez

Doctora en Ciencias de la Educación

Orientadora del IES “Rey Pastor” (Madrid)

 El ser humano no puede explorar y dar significado a los fenómenos y hechos que se producen en el mundo ni a sí mismo, si no es desde una cierta confianza básica que proporciona el afecto.

Tampoco puede conseguir su desarrollo equilibrado como persona si no es capaz de tomar decisiones de forma segura y autónoma. Ambos aspectos: la seguridad afectiva y la autonomía responsable (Yela,1980) se fomentan y desarrollan en el seno del núcleo familiar.

Ahora bien, es necesario matizar que la familia es un grupo primario en el que se establecen relaciones y afrontan desafíos de que se traducen en deberes y exigencias para cada uno de sus miembros (Ríos, 1984) Además, conviene recordar que hay varias estructuras en el concepto de familia si bien el tipo de forma familiar no es sustancialmente determinante del desarrollo  personal, que depende más bien de las maneras peculiares de comunicación y de las interacciones que se producen en ella. A su vez, en cada persona este desarrollo es mediatizado o estimulado por las vivencias por las que pasa a lo largo de la vida. ¿Qué actitudes de los padres son necesarias para ayudar a los adolescentes? Y es precisamente durante la adolescencia (de 11 a 16 años, aproximadamente) cuando más se acentúa el proceso de búsqueda del equilibrio de la personalidad, se completa la autoconciencia y se consolida una manera singular de concebir el mundo (Vygotsdki, 1990). Por tanto, resulta importante plantear qué actitudes de los padres son las más necesarias y adecuadas para ayudar a los adolescentes a asumir las vivencias que caracterizan el comportamiento de los jóvenes en esta edad de transición, de gran significación para la vida adulta. Estas vivencias, que envuelven todo el crecimiento del adolescente, son básicamente las siguientes:

* Desarrollo físico y sus efectos psicológicos en la pubertad.

* Usos del pensamiento y razonamiento desde proposiciones y abstracciones.

* Dominio del concepto de sí mismo y la crisis de identidad.

* Cambios en las relaciones con los adultos y especialmente con los padres.

LA SEGURIDAD AFECTIVA

Durante la adolescencia la persona está especialmente sensible a la afectividad (entendida como experiencias interiores en las que motivaciones, emociones y sentimientos se entremezclan de manera confusa). Es más, en contra de lo que generalmente se piensa, el afecto es un sentimiento

sobre el estado de la propia conciencia que no se diferencia esencialmente del conocimiento que posee una persona. Es decir, el afecto es una forma muy singular de disponer e interaccionar aspectos cualitativos del conocimiento en relación a las vivencias particulares (Pinillos, 1976), lo que implica que el conocimiento influye en el desarrollo de la afectividad o ésta, a su vez, es una manifestación del conocer. Y todo ello desde la inevitable unidad el conocimiento (González, 1999), de manera que en el equilibrio en esta unidad, en las diferentes manifestaciones del conocer, está presente la receptividad que proporciona el afecto. Esta concepción del afecto es especialmente importante en la educación familiar de los superdotados, ya que se suele tener la creencia que se da una desconexión entre capacidad cognitiva y afecto, cuando lo que se suele apreciar en estas personas es un desequilibrio en la evolución del desarrollo de ambos (Terrassier, en Freeman, 1988). De aquí la importancia de que los padres conozcan, tomen conciencia y actúen, en consecuencia, que el desarrollo del afecto no es ajeno a las capacidades cognitivas de su hijo, ni su equilibrio se consigue mediante un proceso lineal con resultados estáticos, sino que el equilibrio del afecto en los adolescentes puede ser desarrollado mediante un proceso de aprendizaje, en el que los padres desempeñan un papel fundamental, que consiste, esencialmente, en enseñarles a canalizar sus tensiones y conflictos, de manera que el adolescente logre integrar su potencial con las exigencias derivadas de las formas de vida de su entorno; elegir los modos de hacerlo; y ponderar las consecuencias a las que les puede llevar sus comportamientos. Para ello es necesario que la familia fomente y ponga en práctica mecanismos de interacción recíproca de todas las dimensiones de la persona: efectivas, intelectuales, de desarrollo físico y de integración social…”en el equilibrio del afecto en los adolescentes los padres desempeñan un papel fundamental..” Ahora bien, es frecuente que los niños superdotados presenten comportamientos inestables, que suelen agravarse en la adolescencia. Esto produce un desconcierto en los padres que llegan a cuestionarse la validez de su actuación educativa. Esta preocupación, en algunos casos, lleva a los padres a buscar modelos de referencia fuera del entorno familiar que les faciliten soluciones concretas y problemáticas complejas y singulares, cuando sólo desde el conocimiento y análisis riguroso de la situación concreta de cada familia se pueden proponer medidas de intervención en cada caso. Por otro lado, la dificultad de educar el afecto procede, en gran medida, de la complejidad de las manifestaciones que intervienen en el desarrollo del equilibrio afectivo y cómo son vividas, con especial intensidad, por las personas con superdotación. Estas manifestaciones son básicamente las siguientes:

Los sentimientos

Son estados de ánimo relacionados con el placer y el dolor; su desarrollo tiene un cierto carácter social, ya que en ellos influyen las formas de vida, en las que están presentes las normas, costumbres, hábitos y creencias (¿valores culturales?) en las que participa la persona. Además, desde los sentimientos se generan los estados de ansiedad que suelen aparecer en los superdotados por una sobrestimulación, que es provocada por un estadio de permanente búsqueda intelectual con el afán de “categorizar y comprender la realidad circundante” (Goldstein, 1939), a la que responden con una atención y vigilancia profunda.

Las emociones

Son básicamente agitaciones de ánimo; un cierto carácter individual, ya que depende, en gran parte de la comprensión del hecho que las provocan y de la actitud que la persona adopte ante tal situación. Además desde las emociones se explica la hipersensibilidad que manifiesta la capacidad que tienen los superdotados para atender simultáneamente a más de una fuente de información y de asimilar de manera extraordinaria los datos sensoriales (Scarr y McCartney, 1983 -en Freeman, 1985-) que explica, en parte, su alta receptividad. Las conductas de ansiedad y la hipersensibilidad, como las funciones mentales, no operan en el vacío, sino que el comportamiento es el reflejo de las interacciones entre el organismo y el medio en el que se vive. De ahí la importancia de que los padres con hijos superdotados actúen con rigor y sistematicidad en la puesta en práctica de las secuencias formativas, para que sirvan de referente estable, exigente y a la vez cálido, que guie el comportamiento de sus hijos. Puesto que la constancia del comportamiento de los padres constituye uno de los pilares en los que se apoyará el equilibrio de sus hijos, en cuanto que las manifestaciones de la conducta dependen de las manifestaciones del afecto que la persona recibe, y la concordancia entre ambas constituye una de las claves de los mecanismos que subyacen al desarrollo del afecto.

LA BÚSQUEDA DE LA AUTONOMÍA RESPONSABLE

Entre las motivaciones más comunes que inducen los cambios en el comportamiento de los adolescentes, y que repercute en la relación con los padres, está la búsqueda de sentido o cauce de su proyecto de vida. Para su consecución el joven pone en marcha mecanismos psíquicos peculiares de este periodo evolutivo como son, entre otros, el afán de independencia, el logro de autonomía y la aceptación de su originalidad, ya que su consecución posibilita al adolescente determinar su función como individuo dentro de una sociedad. Estos y otros comportamientos característicos de la edad adolescente no están motivados por un hecho o situación aislados sino que derivan de la trama simultánea que se establece entre los cambios biológicos y sus repercusiones psíquicas, las interacciones con el entorno social y los vínculos de afecto mantenidos en el seno familiar. Durante este proceso de búsqueda se suelen propiciar conflictos entre padres e hijos que alteran la convivencia (que generalmente se identifica con el tópico “lucha generacional”). Ahora bien, el origen del conflicto no está en la pugna por lograr la independencia de los adolescentes sino que radica, generalmente, en las actitudes (de tolerancia o intolerancia) que durante este proceso mantengan padres e hijos. En este sentido, es frecuente observar que los conflictos entre los adolescentes y sus padres se originan y mantienen porque entienden de diferente manera situaciones que son fundamentales para la convivencia entre ambos. Así en la actualidad, para un gran número de jóvenes, independencia significa tener libertad dentro de la familia, para disfrutar de autonomía, para adoptar decisiones respecto a su imagen, atuendo y comportamiento. Y no buscando, como suelen creer los adultos, la separación de “hecho” la ruptura con los vínculos familiares.

Simultáneamente, los padres, de forma general, ante las inquietudes de los adolescentes por lograr su independencia, mantienen actitudes que inducen al conflicto con su hijo, en lugar de adoptar comportamientos que favorezcan el diálogo y el entendimiento. Puesto que, por una parte, desean que sus hijos sean independientes, que adopten sus propias decisiones y que dejen de plantear exigencias infantiles, mientras que, por otra parte, les asusta las consecuencias que los comportamientos de independencia le pueden traer al adolescente. Este temor hace que los padres, a veces, se muestren restrictivos ante sus hijos e incluso intenten frenar o reprimir su ritmo de cambio (Coleman, 1990)

En definitiva, los padres se encuentran con la dificultad de ajustar su respuesta educativa de manera que ayude al adolescente a enfrentarse a un mundo tan impredecible como desconcertante, tanto para ellos como para sus hijos. Estas dificultades aumentan cuando entre los rasgos singulares de la adolescencia están las peculiaridades de los adolescentes superdotados, puesto que la necesidad de independencia y autonomía, común en los adolescentes, puede derivar en un aislamiento que bloquee el desarrollo afectivo; el empeño por mostrar su originalidad se convierta en un nocivo endiosamiento que le dificulte desarrollar actitudes de convivencia, como la tolerancia, el respeto, la solidaridad, ya que todas ellas contribuyen, de alguna manera, al equilibrio afectivo del joven.

Además, si se acepta que el ejercicio de la autonomía responsable es uno de los pilares del desarrollo personal y del equilibrio afectivo, y que la adolescencia es un momento clave en la que los jóvenes modifican muchas de sus actitudes, el comportamiento que adopten los padres puede influir en sus hijos de manera positiva, más si la interacción entre ellos da como resultado el conocimiento de las razones que fundamenta las posturas mantenidas por ambas partes.

Para ello los padres deben orientar su comunicación escuchando y comprendiendo los problemas de los adolescentes para poder proporcionarles la guía y dirección (Coleman,1990) que los jóvenes necesitan en esta etapa de su desarrollo. Llegados a este punto, y con la finalidad de contribuir a la reflexión sobre algunos de los comportamientos que los padres podrían adoptar en las relaciones con su hijo adolescente, podría mencionar en una primera aproximación las siguientes consideraciones

– Aceptarlo tal como es, aprovechando sus contradicciones y capacidades, para enseñarle partiendo del respeto a la singularidad personal.

– Propiciar situaciones en las que sea posible la comunicación entre ambos, dedicándole tiempo e interés.

– Comprender sus vivencias, sin tener que aceptarlas de manera indiscriminada.

– Proporcionar condiciones ambientales que facilite sus reflexiones para que descubra su propia

intimidad.

En síntesis, cabe apuntar que los padres de los niños superdotados deben favorecer en sus hijos comportamientos que desarrollen el equilibrio afectivo, de manera que contribuyan a disminuir las dicotomías en sus actitudes de tolerancia-rechazo, ambigüedad-rotundez, entusiasmo-depresión, constancia-apatía, etc.., puesto que todo ello ayudará a su hijo a clarificar, en este delicado periodo

vital, sus intereses y, a tomar decisiones de cómo resolver situaciones difíciles que se le planteen en su vida.